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Europa >> España 
Foto: Daniel Lobo (Flickr)
Al momento de elegir el destino... el primer contacto con Europa, sobre todo si venimos con la intensión de quedarnos, al menos un tiempo, suele ser: tener una persona de contacto. La cercanía  lejanía afectiva con respecto a esa persona es intrascendental. Lo relevante es tener una cara amiga del otro lado del otro lado. Del otro lado de las puertas corredizas de nuestro primer aeropuerto europeo. 
La llegada de "los con papeles" es casi como un regalo del cielo. El corazón palpita fuerte, hemos puesto el primer pie en la tierra soñada y encima no tenemos que dar explicaciones a nadie de porque estamos aquí, a que hemos venido, quien nos espera... ¡no tenemos que explicar NADA! 
Por fin podemos entregar el pasaporte en el control policial, nos mira la cara y pasamos mientras que al lado nuestro hay un cúmulo de sueños que pueden romperse en un "plis plas". Al lado nuestro están "los sin papeles" que tienen que demostrarlo y explicarlo todo. Están las voces cortadas de la angustia, están nuestros compañeros de viaje que no tienen los benditos papeles. 
La diferencia entre un sueño con algunas certezas y un sueño plagado de incertezas lo marca la posición o disposición de unas cuentas hojas de colores, el pasaporte. 
Mirando con perspectiva resulta totalmente injusto, pero lo cierto es que en ese preciso momento, el del control policial,  nos volvemos egoístas y somos incapaces de ver la horrible brecha que nos separa. 
Luego aparecen también en esta diferencia la de los que no solo llegan sin papeles sino que también arrastrados por la necesidad ponen en juego su vida para llegar a territorio europeo, son los inmigrantes que llegan en cayucos. Los que desafiando vientos y mareas buscan el suelo europeo. 
¿Por qué no podemos estar donde nos plazca, estar donde necesitemos y queramos estar? ¿Por qué la posición o carencia de un papel marca la diferencia? ¿Por qué un sueño tan preciado y deseado puede caer estrepitosamente?
El mundo está plagado y injusticias y lo que es más grave aún, nos hemos acostumbrado a su presencia. Dependiendo de en qué lado de la balanza estemos, somos incapaces de verla o de tan siquiera percibirla.
¿La ves?

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